Alexander, Giovanni y George. La indignación

Hoy, un día más de pandemia y un día más de protestas mundiales como pocas veces hemos visto, en esta ocasión provocadas por la indignación que causa la permanente discriminación prevaleciente en casi todo el planeta.

Debemos de reconocer que estas manifestaciones se dan debido a una creciente conciencia de lo anacrónico del pensamiento racista, clasista, elitista, jerárquico, patriarcal, heteronormado y adultocéntrico que se niega a morir, pero que en grandes sectores ciudadanos ya es visto con desprecio e indignación.

En México, despertamos con la trágica noticia de que en el estado de Oaxaca, municipio de Acatlán de Pérez Figueroa, el joven Alexander, de tan solo 16 años, ¡todavía un niño!, fue asesinado a balazos por la policía de esa localidad en hechos que además dejaron a un amigo de Alexander gravemente herido.

En Guadalajara y varias otras ciudades del país se viven aún secuelas de las duras manifestaciones de repudio al homicidio de Giovanni López, asesinado a golpes por un grupo de policías que lo detuvieron por el “grave delito” de no usar cubrebocas; y en Estados Unidos no cesa la rabia y las violentas protestas por el asesinato por asfixia de George Floyd, muerte de la cual pudimos ser testigos en el mundo entero gracias a los videos y fotografías que circulan viralmente en las redes.

Por si no fuera suficiente, leí con incredulidad que las autoridades del municipio de Acatlán de Pérez Figueroa publicaron que “En todo momento la misión de la corporación es preservar la paz y tranquilidad y el estado de derecho de la comunidad, no siendo este un hecho de mala fe y pensando en dañar la comunidad”, cuando estas mismas autoridades municipales oaxaqueñas posteriormente tuvieron que admitir que los policías dispararon sobre los jóvenes “sin ninguna razón”. Se informó que un policía, señalado como responsable de hacer los disparos, fue detenido, pero no se ha dado a conocer su situación legal.

Mientras tenemos pocas esperanzas de que haya por lo menos justicia formal por la muerte de Alexander, así como tampoco creemos que la vaya a haber en el caso de Giovanni en Jalisco —debido a la conocida corrupción e ineptitud del aparato de justicia mexicano—, nos enteramos que,  del lado norte del Río Bravo, a pesar de la ola de protestas e indignación por todo Estados Unidos, así como en muchas grandes capitales del planeta, uno de los policías de Minneapolis corresponable del asesinato de George Floyd, fue liberado el día de ayer con el pago de una fianza de 750 mil dólares.

Desconozco qué opinen ustedes, pero en mi caso, considero que esta es una muestra por demás clara del sistema de “justicia” imperante incluso en los países supuestamente “democráticos” y más “desarrollados”. 

La bella imagen de la justicia representada por la diosa griega Temis, esculpida siempre con los ojos vendados, simbolizando la imparcialidad, mientras sostiene una balanza en su mano izquierda, la cual significa ecuanimidad en los juicios, y empuña una espada en la diestra, en referencia al justo castigo a los culpables; esta hermosa imagen está hoy por hoy ausente y se mantiene en el terreno de lo mitológico; ya que la cruda realidad publicada hoy en todos los medios de comunicación, muestra sin empacho alguno, que si tienes acceso a 750 mil dólares, “haiga sido como haiga sido”, te retiras a la comodidad de tu hogar  así estés acusado de asesinato, mientras la burocracia organiza el juicio correspondiente. Si no dispones de esa cantidad  —mala suerte —, quedas confinado en prisión.

Los ciudadanos conscientes estamos indignados y exigimos el fin de todas las opresiones. Imploramos por que la diosa Temis baje del Olimpo a la realidad, y deseamos utilizar su espada para cortar de raíz los entramados de un sistema en el que las masas son oprimidas por una minoría de élite política, financiera, militar y empresarial, que desde la Segunda Guerra Mundial  —con la hegemonía del poder militar de los Estados Unidos y su réplica en otras regiones del mundo —, en las últimas dos décadas nos siguen empujando hacia callejones sin salida a billones de seres humanos y muchas otras especies en el planeta.

Este callejón sin salida ha conducido en las recientes semanas a una respuesta violenta de parte de los oprimidos, como queda claro en el caso de George Floyd en Estados Unidos y varios países de Europa, en donde la propiedad privada fue destruida, incendiada y saqueada, incluso en los alrededores de la mismísima Casa Blanca y del emblemático centro financiero de la Bolsa de Valores de Nueva York. En México también, en nombre de la exigencia de justicia para Giovanni, ardieron patrullas policíacas, se pintarrajearon y derrumbaron monumentos, y se atacaron comercios, edificios departamentales, bancos y la mismísima embajada de los Estados Unidos. 

No estoy justificando ninguna forma de violencia, no creo en ella, no podemos utilizar las mismas armas de los opresores si no nos queremos volver sus espejos y terminar igual o peor, emulándolos. Tampoco dudo que es una minoría de los manifestantes la que ha optado por la violencia y que desconocemos la mano que mece la cuna, pues en los sótanos de diversos poderes se gestan crímenes de lesa humanidad como el de Tlatelolco y Ayotzinapa, por mencionar los más emblemáticos. Sin embargo, también entiendo que algunos pocos grupos bien intencionados recurren a cierta violencia por sentirse acorralados y no escuchados por ningún poder, es por eso que hablo de callejones sin salida, porque entiendo que a muchos sectores sociales durante décadas se les ha negado el acceso a los más elementales derechos humanos, incluyendo el mayor de ellos: el derecho a la vida. Responden con daño a la propiedad ajena cuando viven bajo un régimen de explotación y abandono.

Por otro lado, me queda claro que en este sistema nos han querido distraer y convertir en robots consumistas, invitándonos a al uso excesivo de las tarjetas de crédito, ante el estímulo constante de los medios de comunicación para enaltecer el culto a la personalidad, al lujo, al despilfarro, y a todo aquello que exalte de manera superficial e inmediata nuestras dañada autoestima.

Me queda claro que para las élites, tanto los mayores de edad como los pobres, significamos un estorbo, pues nos consideran útiles sólo si somos “altamente productivos” y un engrane bien engrasado del sistema que, en medio de esta pandemia está obteniendo enormes ganancias gracias al creciente valor de las acciones transferidas de mano en mano en todas las bolsas de valores.

Por favor alguien explíqueme  —y son muy bienvenidos en este blog sus conocimientos — cómo es que en medio de la peor crisis global, no sólo de salud sino de productividad, con productos internos brutos de todos los países desplomándose cada día más, las acciones en las bolsas de valores aumentan sus precios constantemente. Sé que una de las razones es la “mágica” impresora de billetes estadounidenses de la Reserva Federal, que emite 60 millones de dólares cada minuto, dólares que obviamente difícilmente llegan al ciudadano promedio y que tienen cero respaldo desde que se suprimió el patrón oro.

Nuestra amada Temis es un hermoso ideal de la mitología occidental y en nuestras culturas provenientes de Europa, este símbolo ha querido, aún desde los tiempos coloniales, simbolizar el deseo de justicia en la llamada “civilización” de la modernidad; sin embargo muchos ya no nos creemos el cuento, ni de la justicia para los oprimidos que es pura simulación; ni en la democracia representativa secuestrada por las partidocracias elitistas; ni en el Producto Interno Bruto como única medida de la salud económica de los países; ni en el desarrollo que atenta contra la Madre Tierra; ni en la homogeneización de los métodos educativos enfocados en el “conocimiento” que sólo evalúa a los estudiantes a través de exámenes con los que unos aprueban y otros reprueban bajo un sistema de evaluación puramente numérico, deshumanizado, que premia a los “sobresalientes” y humilla a los menos hábiles en lugar de apoyarlos y estimularlos.

Ya no creemos en casi nada ni nadie, pero mantenemos nuestros ideales. 

Siguiendo a Martin Luther King afirmo que todos, al igual que él, deberíamos recitar al unísono: “Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojalá ya no tuviera necesidad de soñarlas”.

Que los asesinatos de Alexander, Giovanni y George no se olviden, porque representan a miles más que son silenciados por los medios y los gobiernos. 

Mantengamos la memoria y vibremos con los más altos ideales porque todos somos UNO, porque todos somos Alexander, Giovanni y George. Porque es justo y necesario, porque exigimos de esta “civilización” una real y profunda transformación.

 

Cristina Sada Salinas