Un fantasma pasó por San Pedro

Mis padres tenían como supremo valor la educación, pero en las escuelas y universidades a las que asistí en México y el extranjero jamás se mencionó a Karl Marx. Es así como, perteneciendo a la cultura empresarial de San Pedro Garza García, Nuevo León, nunca estuve expuesta a estudiar la vida  y obra del pensador más influyente del milenio pasado (liga).

En los últimos años mi brújula interna me ha guiado hacia otros mundos y nuevos espacios, y he tenido el privilegio de ampliar mi círculo de amistades. A través de las conversaciones he descubierto las fuertes y serias lagunas que mi educación me legó. Como dijo Sócrates, “ Yo sólo sé que no sé nada”.

En mi entorno inmediato, comunismo es casi una mala palabra; en contraste, es la cultura capitalista del esfuerzo, empeño y tesón regiomontanos los valores apreciados. El juego de la vida pareciera orientarnos -al menos a los varones-,  a construir empresas, multiplicar el capital y luego heredarlo a  los hijos. Esto es considerado lo correcto y “respetable”.  Los capitanes de la industria son los personajes admirados, y el lograr las más altas utilidades es equivalente a obtener medallas al mejor esfuerzo, distinción de los más “inteligentes”.

Me pregunto: ¿el personaje de Donald Trump nos está haciendo replantearnos si se necesita ser inteligente para hacer un gran capital? Esto, por no mencionar a nuestros actuales gobernantes, que en menos de un sexenio hacen crecer su capital como la espuma, mientras dejan en bancarrota las finanzas públicas.

En este caminar hacia la comprensión del desastre ético, sociopolítico y ambiental en el que estamos sumergidos como sociedad, he decidido ir tapando algunos baches culturales, e incluso exponerme a aquello que en  mi entorno es despreciado y censurado; es así que decidí asistir a ver la obra “Marx en el Soho”, en el Theatron del centro de nuestra ciudad de Monterrey.

A pesar del modesto espacio, a mis pocos asiduos lectores ya les había compartido que quedé embelesada ante la calidad del monólogo de Howard Zinn,  la acertada dirección de Xavier Araiza y la espléndida actuación de Alfonso Teja-Cunningham. Volví a ver la obra la semana pasada y me siguió gustando tanto, que no puede resistir la tentación de convencer al productor de llevarla a mi propia casa, para compartir su mensaje entre algunos líderes de acción y opinión de San Pedro Garza García, hasta hace poco considerado modelo de desarrollo, pero hoy por hoy, víctima de nuestra compartida avaricia.

Inicié formalmente la convocatoria el lunes 10 de este mes de agosto, y para mi sorpresa, el  máximo cupo de cuarenta personas estaba casi topado ese mismo día.

Me sentí muy honrada por tan inmediata aceptación, pues entre los invitados hubo ciudadanos que ocuparán puestos en el nuevo gobierno, activistas sociales, intelectuales, abogados, artistas, promotores culturales, escritores. Incluso me distinguió con su presencia el padre Chema, sacerdote comprometido con su comunidad de San Juan Cadereyta y ardiente luchador por los derechos humanos de sus feligreses.

Antes y después de la puesta en escena hubo alegres e intensos diálogos entre los asistentes, se conocieron algunos y se reconocieron otros, se formaron alianzas y se pactaron promesas de cooperación para resistir los embates del neoliberalismo que privilegia al capital y su retorno, por encima del derecho a la libertad, la justicia y la vida misma.

Me quedo con la enorme satisfacción de saber que esta semana valió la pena estar viva al tener el privilegio de recibir en mi casa tanta gente con altos valores que entrega su vida en favor de sus semejantes.

Casualmente este miércoles se dibujaron dos grandes y bellísimos arcoíris sobre el cielo regiomontano, como símbolo de la reconciliación y la esperanza.

A pesar del sufrimiento humano, de las desigualdades cada vez más agudas, de las diarias injusticias contra los más vulnerables y los más valientes mexicanos. A pesar de Peña Nieto, los Medina, el PRIANPRD, los partidos satélites y el INE; no perdamos la esperanza. Los ciudadanos necesitamos involucrarnos, organizarnos sin mezquindades ni protagonismos, exigir, levantar la voz, reclamar, hacer huelgas, paros, manifestaciones y muchas alianzas.

Dejemos de vernos unos a otros como enemigos, si al menos coincidimos en que tenemos objetivos comunes a vencer: la injusticia, la avaricia, la ausencia de legítima representación ciudadana, la ineptitud y la corrupción de los gobernantes con los intereses oligárquicos nacionales e internacionales.

Este monólogo de 90 minutos nos deja en claro que Marx no ha muerto.

Su vida fue su mensaje y sus escritos de hace más de 150 años fueron una advertencia contra el capitalismo voraz de ayer y de hoy, que a diario carcome las entrañas de sus devotos, no le tiembla la mano al pagar salarios mínimos a los mineros que se sumergen arriesgando su vida para extraer el oro y la plata que aún tenemos, o a los  peones que se transportan a primera hora de la mañana en transporte caro, de mala calidad, para elevar edificios modernos con diseños de arquitectos premiados en el extranjero, y jugosas ganancias para los pocos inversionistas.

Marx para mí ha dejado de ser una mala palabra, pues él ya temía que sus teorías fueran tergiversadas y convertidas en dogma, como en la épocas leninista y estalinista. De hecho, profetizó que legado intelectual sería deformado por hombres ávidos de poder que se volverían dictadores y asesinos en su nombre.

Fue un hombre de carne y hueso que amó y sufrió persecución política junto con su familia, debido a sus ideas humanistas y revolucionarias. Pagó un alto precio al no quedarse callado.

Karl Marx, personificado por Alfonso Teja, dejó esa noche en mi casa un fuerte impacto en la mente de jóvenes llenos de energía e ideales que aún no cumplen sus treinta años, así como en la conciencia de valientes señoras en su octava década de vida.

Antes y después de la puesta en escena, ya acompañados por “Marx”, el padre Chema nos compartió sobre las urgentes necesidades de agua limpia y comida de las comunidades afectadas por el derrame de la refinería de Cadereyta,  y mi amiga Alma Rosa, quien decidió vivir ya por cuatro años entre los más pobres, nos expuso sobre la fuerte  alarma por la  desnutrición infantil en la comunidad de la Gloria, en Saltillo Coahuila.

Un fantasma entró a mi casa, un fantasma que perseguirá nuestra conciencia, un fantasma difícil de olvidar.

Cristina Sada Salinas