Trump cae de la torre de naipes

Por Ximena Peredo

La imagen que llegó a mi cabeza cuando me enteré que, finalmente, tras semanas de un estúpido jueguito especulativo, Donald Trump decidió abandonar los Acuerdos de París fue la de un loco, mala leche que, de un manotazo, quiso tumbar una torre de naipes. Fue dificilísimo construir este consenso global –sólo dos países no firmaron en diciembre de 2015-, una ardua labor de concentración, audacia y, sobre todo, mucho lobbying ambiental.  Los compromisos firmados fueron la disminución en un 28 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero, así como contribuciones financieras para el Fondo Verde del Clima.  Ahora bien, ese manotazo de Trump, ¿logró su cometido?, ¿la torre se colapsó? En lo absoluto. De hecho, por el contrario, me pareció haberlo visto caer a él.

La respuesta ha sido contundente. Un nuevo movimiento nació, la Alianza para el Clima de los Estados Unidos, una nueva organización constituida para negociar directamente con las Naciones Unidas, y en la cual participan estados como California, Nueva York y Washington (los cuales representan el 11 por ciento de las emisiones de carbono de EU). De manera que la respuesta política fue inmediata, pero también la corporativa. Ni el sector energético norteamericano aplaudió la decisión. Antes, por el contrario, la condenaron –recordemos que las energías limpias son el nuevo negocio en boga-. Era de esperarse que empresas como Tesla fueran de las primeras en manifestarse, pero lo mismo escuchamos al CEO de Disney, de Goldaman Sachs, General Electric, Ford, Microsoft, Google, Facebook y hasta las petroleras Exxon-Mobil y BP. El espaldarazo corporativo a los Acuerdos de París fue tan elocuente que nos pone alertas sobre cuán efectivas podrían ser las medidas de regulación ambiental que las empresas más contaminantes y agresivas, como las petroquímicas y las financiadoras, apoyan. Estemos atentos porque suele suceder que quien vende la cura es quien diseñó la enfermedad.  Los Acuerdos de París no ponen en duda el estilo de vida en el que estamos atrapados. No ponen en duda la producción de porquerías, de alimentos y productos dañinos. Tampoco condenan el tipo de trabajos de riesgo, ni la pérdida de autonomía de las poblaciones sobre sus territorios.

Por otro lado, como  lo comentó en su artículo más reciente de opinión, el Prof. José Luis Lezama (“La locura climática” El Universal, 2 de Junio 2017), no alcanzará el resto de la administración de Trump para que Estados Unidos pueda, efectivamente, abandonar los acuerdos. Es decir, apenas hasta el final del año 2020 podrían nuestros vecinos –al menos protocolariamente- abandonar esta estrategia global de manera que, algunos incluso comentan, la firma es irreversible. Con todo, y esto también lo refiere Lezama, Estados Unidos en muy poco tiempo ha logrado abatir sus índices de carbono mientras que México sólo los ha aumentado. ¿Qué significa entonces abandonar o permanecer en un acuerdo cuando las prácticas no son coherentes con la postura de Estado?

Por último, volvió a revelarse el vaciamiento de significados en la investidura presidencial americana.  Confirmo mi sospecha: Obama fue el último Presidente de los Estados Unidos. De hecho, con Trump entramos en una era post-presidencial. Pueden tomar decisiones, pueden hacer anuncios, pero su ejecución está por verse. Las controversias ambientales ofrecen una espléndida panorámica de este fenómeno. El nuevo marco de credibilidades, las lógicas planetarias, la evidencia científica del cambio climático y sus consecuentes calamidades ambientales, más los millones de desplazados por desertificación e inundaciones en el mundo, constituyen toda una fuerza política decidida a desafiar cualquier impostura en el poder.  De manera que esta última ocurrencia de Trump revela dos escenarios, uno: la democracia representativa liberal está agotada, las mayorías no son representadas por individuos, y dos, es urgente plantear una nueva economía del intercambio, de la cooperación, de la gratuidad –del regalo- y del cuidado de las cosas. Las cosas deben de volver a durar más de una generación, el dinero debe de perder el monopolio sobre las economías del planeta.

Por todo lo anterior, estamos en un momento clave para el futuro de la humanidad en donde más vale que cada uno de nosotros tome la responsabilidad de su formación y tome, sobre todo, una postura activa en la construcción del medio ambiente. El medio ambiente no está dado. No es sólo el aire, son nuestros pulmones; no es sólo el agua, son nuestras ideas. El medio ambiente no está afuera de nosotros, nos constituye como personas y como sociedades.

Hace tiempo que estamos abandonados a nuestra suerte, pero eso también puede leerse como una gran oportunidad. Es hora de habitar la torre de nuestras convicciones y no salir de ella.