Toma de protesta en el Azteca. Apuntes críticos

 

En un vibrante y emotivo cierre de campaña que por momentos pareció más bien una toma de protesta, Andrés Manuel López Obrador nos dejó un mensaje excelentemente estructurado, dirigido a las emociones y a generar esperanza, a ofrecer garantías de una transición pacífica, pero también a mandar claras señales a quienes desde una posición crítica lo vimos como un candidato muy tirado hacia la derecha con sus alianzas conservadoras y sus acercamientos más o menos afortunados con el gran empresariado, por no hablar de la inclusión en su equipo cercano, de cierta iniciativa privada que carga con fuertes cuestionamientos .

Más allá de que en buena parte del mensaje repitió -alternando la lectura de un discurso escrito con la improvisación- sus promesas de toda la campaña, a mí me llamó la atención la clara intención de su mensaje propiamente político, en el que escuchamos al hombre de izquierda que, debo decirlo, muchos mexicanos echamos de menos durante las semanas que duró dicha campaña. Me pareció que Andrés al tener una amplia posibilidad el triunfo en las urnas el próximo domingo se sintió en la libertad, o quizá en la disposición de cumplir un compromiso, de hablarle a las mujeres y hombres de izquierda, o a quienes valoramos ciertas posturas y propuestas históricas de las corrientes progresistas de la lucha social en este país.

Como pocas veces en su tercera batalla por la presidencia, López Obrador hizo mención de las personas y grupos que a lo largo de décadas han luchado para que sea posible que un candidato ajeno a las élites del poder esté a un paso de llegar a la máxima posición política del país; externó un justo reconocimiento a “las mujeres y hombres que fallecieron deseando ver y vivir este momento”, hablando, como dije, como si ya estuviera tomando posesión del cargo y no como quien apenas entrará en la recta final de la contienda.

Agradecí escuchar nombres conocidos como Manuel Clouthier, Valentín Campa, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo, Heberto Castillo, Carlos Monsiváis, a quien evocó con especial énfasis, y otros sobre los que me daré a la tarea de investigar como Rubén Jaramillo, Othón Salazar y Alejandro Gascón Mercado. No pude dejar de notar que sólo mencionó a dos mujeres: Ifigenia Martínez y doña Rosario Ibarra de Piedra, aunque me emocioné sobremanera al escuchar éste último nombre, el de una guerrera, pionera en la lucha por la democracia y los derechos humanos a quien tengo el grandísimo honor de conocer por haber sido una cercana amiga de mi madre, Irma Salinas Rocha, y por haberme acompañado durante mi campaña de 2012, en la que participé por parte del Movimiento Progresista. Recordaré siempre con gratitud el homenaje que a doña Rosario dispensó Andrés al afirmar que el próximo domingo votaría simbólicamente por ella. Honor a quien honor merece.

Retomó el tono triunfal. “La victoria del domingo se ha ido concretando con la abnegación de muchos, no surge de repente ni brota únicamente del malestar que provocó el antiguo régimen autoritario en los últimos tiempos, y que está ese régimen corrupto llegando a su fin”, afirmó emocionado, hablando del triunfo como un hecho consumado y recalcando que esa victoria es colectiva y se la debemos no sólo a personajes famosos sino también a “dirigentes sociales, campesinos, obreros, indígenas… amigos, gente sencilla del pueblo, buena… a millones de voluntarios, de brigadistas que visitan casa por casa repartiendo desde hace años el periódico Regeneración”.

Sin embargo, a quienes nos hemos adscrito al “apoyo crítico” a Andrés Manuel López Obrador, no se nos olvida que esa predecible victoria colectiva ha supuesto también muchas injusticias internas en el Movimiento de Regeneración Nacional, como la de que en Nuevo León no pocos de esos voluntarios y brigadistas que visitan casa por casa, que se queman bajo el sol y se mojan con la lluvia, mucha de esa gente buena y sencilla que pone su sudor, tiempo, inteligencia y hasta su dinero para la causa, ha sido desplazada y ninguneada a la hora de llegar el reparto de posiciones y candidaturas. Mis queridos amigos de MORENA saben bien a lo que me refiero, y saben que no por señalar estos errores en su movimiento olvido el respeto que tengo por tanto esfuerzo colectivo, auténtico y sincero por cambiar a México. Ya con el triunfo en las urnas prácticamente “amarrado” MORENA haría bien en iniciar un proceso de autocrítica que haga justicia a esos buenos militantes desplazados y que haga imposible que esas injusticias se repitan.

López Obrador dijo con verdad que uno de los logros de su movimiento es haber conseguido que “poco a poco la ciudadanía ha ido cobrando conciencia de algo que no es necesariamente evidente, la existencia y el predominio de una mafia del poder”. Sobre esto me permito transcribir aquí un párrafo del discurso que me parece especialmente relevante y que me llama a la reflexión:

“En poco tiempo hemos contribuido en forma decisiva a cambiar la mentalidad de amplios sectores de México, hemos puesto en evidencia las formas de manipulación y control del actual régimen y hemos dejado en claro que el PRI y el PAN representan lo mismo, el PRIAN. Hoy la gente es más consciente de la existencia de un pequeño grupo que controla las instituciones; la gente entiende mejor de cómo domina ese grupo y de su desmedida ambición, de su desmedida avaricia. Pienso que hasta ahora el internalizar estas ideas en todo el pueblo ha sido la mayor aportación social y política de nuestro movimiento. Tengamos presente que no se puede cambiar lo que no se conoce y lo que bien se comprende difícilmente se olvida. Fruto de este trabajo de concientización, es el despertar de muchos ciudadanos de clase media que antes hasta nos insultaban y que ahora nos respetan y que votarán por nosotros el domingo próximo”.

Estas palabras de Andrés Manuel me tocaron de un modo especial pues me hicieron recordar mi experiencia a partir del año 2012 en que fui candidata en un entorno social por completo adverso a cualquier idea progresista por mínima que fuera. Efectivamente, no se puede cambiar lo que no se conoce, y por eso mi tarea durante mi candidatura de aquel año y durante los siguientes seis años desde el activismo, ha consistido en primera instancia en hacer ver a mis conciudadanos que López Obrador está muy lejos de ser “un peligro para México”, y más lejos aún de ser una “amenaza comunista” como mucha gente hasta hoy sigue intentando presentarlo. Luego, como mucha gente sabe, me distancié del proyecto de MORENA y de su líder, para emprender una tarea de comunicación y activismo que me ha ocupado desde otras trincheras en ese trabajo de concientización que aunque sea de manera modesta, ha aportado, al lado de muchos valientes hombres y mujeres, un grano de arena para “cambiar la mentalidad de amplios sectores de México”, como bien señala Andrés.

En ese mismo sentido me emocionó también escuchar que el candidato puntero señaló el amplio respaldo que tiene entre los jóvenes. Comentó: “Miren lo que son las cosas, soy el candidato de más edad, pero los jóvenes con su imaginación, su rebeldía, su talento, su frescura, saben que nosotros representamos lo nuevo. Saben los jóvenes que nosotros representamos la modernidad, pero forjada desde abajo y para todos”, lo que me hizo recordar mis propias palabras, que plasmé en mi libro “Perfume y pólvora”, sobre lo que acontecía en la campaña presidencial de 2012: “¿Cómo es que este líder social que aparenta mucha más edad de la que tiene, que da largos y lentos discursos, y que no parece tener nada que llame la atención de los jóvenes, logra tanto arrastre entre ellos? ¿Qué ven los jóvenes en López Obrador? ¿No sería más lógico que se identificaran con un candidato similar a ellos? Al parecer, lo que hace que la juventud siga a este político de maneras tan arcaicas y pasadas de moda, es la autenticidad que creen descubrir en él, en contraste con el perfil artificial y comercial de Peña Nieto. La mayoría de nuestros jóvenes, más que seguir a un líder, apostaron por López Obrador como la única opción ética que encontraron, como una toma de posición ante la podredumbre del sistema político, con la esperanza de que a través del personaje se materialicen los anhelos de un país que se hunde en la violencia, el cinismo, la impunidad, y que arroja a las filas del desempleo a un millón de jóvenes al año. Como en 1968, por fin, los jóvenes nos devolvían la esperanza”. Sin duda, la labor de Andrés y miles más, realizada durante tantos años, da hoy sus más logrados frutos y será en buena medida decisivo el voto de los jóvenes en el resultado del domingo que viene.

Me podría extender muchísimo sobre los múltiples aspectos que mencionó Andrés Manuel López Obrador en este discurso que, independientemente del resultado en las urnas, es ya histórico, pero cerraré con una tema que me ha preocupado durante toda la campaña que ayer finalizó y que en este cierre enfatizó especialmente el candidato: la corrupción.

Nadie duda que, como Andrés afirma, la corrupción es el principal problema de este país, pero no todos estamos de acuerdo en cómo este problema debe ser enfrentado, y menos estamos de acuerdo en la manera en que formula su propuesta al respecto el propio López Obrador. Asegura con toda razón que “no se puede enfrentar la corrupción si no tenemos autoridad moral, si no tenemos autoridad política”, y añade: “La honestidad es lo que estimo más en mi vida”, para concluir, ante la ovación del Azteca, con una receta que repitió prácticamente a diario durante toda la campaña: “El nuevo presidente de México contará con autoridad moral y política para pedir a todos un recto proceder y llamará a poner por delante la honestidad como forma de vida y como forma de gobierno; con esta determinación llevada a la práctica se moralizará al país”.

¿De verdad el hombre a quien un analista de derecha como es Jesús Silva Herzog califica como el político “más talentoso que ha conocido México en muchas décadas” (leer), nos quiere convencer que con su solo ejemplo la corrupción desaparecerá por arte de magia?

¿Quién cree que los líderes sindicales corrompidos, los funcionarios coludidos con empresarios mediante jugosos contratos de obra pública, optarán por “un recto proceder” por obra y gracia de la “autoridad moral” del nuevo mandatario?

Esta propuesta de “moralizar” al país debería ir acompañada de un programa de reestructuración institucional radical que contemple la creación de auténticos órganos de fiscalización públicos realmente autónomos del poder ejecutivo; que asegure la imparcialidad de los juzgadores, quienes deberán estar fuera del juego político electoral y del intercambio de favores que se vuelve manto que cubre de opacidad el ejercicio del poder y el manejo de los dineros públicos.

Andrés Manuel López Obrador, efectivamente, es un político talentoso que sin duda alguna en estos momentos encarna las esperanzas de buena parte del pueblo de México, de modo que se ha ganado el lugar que hoy ocupa en las preferencias electorales que lo llevarán a la silla presidencial si no se desata el monstruo del fraude, que según las notas de prensa, está agazapado pero al pendiente de su oportunidad; sin embargo, ese talento político, una vez con el triunfo en la bolsa, debe traducirse en acciones concretas para hacer efectivo el gran cambio institucional que la anterior “transición” fallida del año 2000 nos quedó a deber.

Andrés Manuel López Obrador hizo bien en lanzar un mensaje de esperanza a la izquierda en su cierre de campaña triunfal y acertó al usar los minutos culminantes de su carrera política para rememorar a quienes han dado su vida para hacer posible esta “toma de protesta” adelantada, este triunfo largamente deseado por amplias capas del pueblo mexicano, esta inminente victoria tan anunciada desde el inicio de la contienda electoral de este 2018. Ahora sigue lo más difícil, que es el ejercicio del poder sin repetir las fórmulas que no han funcionado y que tanto sufrimiento han traído a nuestro país; es la hora de dejar de pensar que es suficiente “predicar con el ejemplo” para pasar a las soluciones reales, concretas, que nos lleven a una democracia más plena y más justa para todos.

Andrés se puede dar el lujo de votar simbólicamente por doña Rosario porque siente seguro su triunfo, nosotros no podemos darnos el lujo de esperar que con una nueva transición lleguen por sí solas las soluciones desde arriba. Nosotras y nosotros, los ciudadanos de a pie, debemos esperar el resultado de la elección con esperanza, pero sobre todo con la determinación de no dejar de luchar, de presionar y de señalar, o de apoyar e impulsar cuando haga falta, para que el destino de la nación ya no dependa del ejemplo de ningún líder en lo individual, sino de la voluntad y el trabajo de todos.

Rindamos homenaje a esa voluntad y trabajo de todas y todos quienes han hecho posible que esta nueva luz de esperanza brille ahora en nuestro horizonte, pero sobre todo, no olvidemos a las víctimas de la maquinaria de devastación contra la que luchamos, esas víctimas que tienen en nuestros 43 normalistas de Ayotzinapa su más clara representación, esos muchachos que cual auténticos mártires, retratan lo nefasto e insostenible del actual sistema PRIAN, capitalismo no sólo de cuates, sino de cómplices de la muerte.

 

Cristina Sada Salinas

 

Foto tomada de: liga