Reforma-AMLO. ¿Quién otorga la credibilidad?

Durante décadas, antes de la aparición de las redes sociales, el periódico El Norte fue mi principal fuente de información en Monterrey. Los ciudadanos del noreste tomamos conciencia de los abusos de los partidos políticos hegemónicos gracias a sus investigaciones y denuncias sobre graves casos de corrupción por parte de los gobiernos estatales y municipales, las cuales fueron un factor determinante para que en 2015 se diera la inédita elección del primer gobernador independiente de partidos políticos en México (para posterior decepción de una gran mayoría; pero esa es otra historia).

Sin embargo, el carácter crítico de El Norte siempre ha estado marcado por una línea editorial derechista, mucho más inclinada al PAN que al PRI, radicalmente opuesta a cualquier liderazgo de izquierda, así sea moderada. Desde su cambio de directiva hace unos años, esa línea se concretó en golpear, tergiversar y exagerar cualquier dicho, política o acción de nuestro actual presidente de la República, amén de haber mantenido una defensa descarada de la iglesia católica en cuanto a los numerosos casos de pederastia perpetrados por sus ministros, incluso durante muchos años después de que cientos de medios de comunicación de México y el mundo habían hecho públicos los graves delitos contra niñas y niños cometidos por Marcial Maciel Degollado, a quien en las páginas editoriales de El Norte se calificaba como un santo.

El Norte dio origen en los años 90 a Reforma, periódico de la Ciudad de México que heredó estos mismos vicios y virtudes; siendo sus vicios los que mayormente lo han puesto en franca confrontación con Andrés Manuel López Obrador y la 4T.

Por lo mismo, entiendo bien la molestia que el presidente siente ante las continuas publicaciones que Reforma realiza en contra de su gobierno, mas no por entender esa molestia me parecen sensatas sus expresiones públicas como las que realizó hoy al llamar a ese periódico “pasquín inmundo”, entre otros calificativos nada halagadores.

Difiero totalmente de la línea editorial de Reforma, sin embargo, tengo presente que Andrés Manuel no es un simple ciudadano que ejerce su libertad de expresión, sino que es el primer mandatario de la Nación, por lo que considero que debe cuidar más sus palabras, para no dar lugar a que la oposición lo acuse de “violentar la libertad de expresión”. Hay maneras de hacer saber nuestros desacuerdos sin ofender ni atacar, así sea verbalmente, a quienes consideramos nuestros “adversarios”, como se dice en la política.

Me parecen excesivas y viscerales las palabras de descalificación del presidente, porque a pesar de que no ha dejado de criticar a diversos medios, es inédito que se refiera en términos tan fuertes a uno de ellos, lo que podría explicarse por tratarse de un caso de supuesta corrupción en el que estaría implicada una persona de su familia, y que cobra más relevancia viniendo de un medio como Reforma, que se caracteriza por difamar y juzgar a priori, sin que una vez aclarado el caso, rectifique el infundio o dé lugar al derecho de réplica. Este ausente rigor periodístico de Reforma, en lugar de merecer el enojo explícito del primer mandatario, exigiría su templanza y su crítica certera, no su reacción emocional.

Hoy Carmen Aristegui analizó estas expresiones presidenciales en una mesa de análisis junto a la periodista Ana Lilia Pérez y el escritor Fabrizio Mejía. (Se puede ver la mesa completa, a partir de su inicio, aquí)

Fabrizio, como buen intelectual orgánico de la 4T, se dedicó a defender —con buenos argumentos por cierto—, la postura de López Obrador, aunque no me convenció su intención de justificar los ataques presidenciales aduciendo que Reforma hace mal periodismo.

Estoy más de acuerdo con Ana Lilia Pérez y con Carmen Aristegui, quienes razonaron que es al público a quien corresponde valorar y juzgar a los medios de comunicación, y que jamás debe ser una autoridad —en este caso la de más alta jerarquía en el país— quien enjuicie y condene el ejercicio periodístico, sobre todo tomando en cuenta que México sigue siendo uno de los países en los que más se agrede y asesina a periodistas.

Ana Lilia Pérez comenta que es “muy delicado que desde el foro de la conferencia cuyo objetivo se supone es informar al país… se hagan este tipo de calificativos [que] son muy delicados, como delicado sería también el que se publicara información que no sea veraz; pero lo que representa o no un medio lo define la sociedad, lo definen sus lectores, pero no las autoridades… preocupan estas diferencias, estos calificativos, la misma semana en la que se registró el homicidio de otro colega en el país, y este tipo de calificativos tampoco aportan a la circunstancia que estamos viviendo”.

Por su parte Carmen Aristegui recalca: “Nadie se podrá negar a exigirle a los medios rigor, transparencia… de eso no hay la menor duda, pero también hay que subrayar lo que significa un gobernante, un jefe de Estado, que lanza señalamientos o descalificaciones de esta naturaleza… es importante destacar lo grave que es que un jefe de Estado, que un gobernante, que un presidente, pueda agredir directamente de forma verbal a medios de comunicación, independientemente de la opinión que todos podamos tener de uno o del otro o del más allá… Creo que en este caso la opinión sobre cada uno de los trabajos editoriales, periodísticos, de cada una de estas firmas y periodistas, corresponde evidentemente a sus lectores, al público en general, pero sí tiene su importancia el hecho de que quien representa a todos los mexicanos se refiera así tan específicamente de esta manera a estas publicaciones.”

Estoy de acuerdo: el presidente está en todo su derecho de disentir de los medios de comunicación y tiene libertad de expresión para manifestar ese desacuerdo; lo que no debería hacer es usar su tribuna como jefe del Estado mexicano para satanizar a ningún medio que no le es afín.

De nosotros como lectores y consumidores de noticias dependerá si seguimos la línea de éste u otro medio. Que Andrés Manuel haga honor a su investidura presidencial y reserve sus ataques verbales para el ámbito privado, y que nos deje a nosotros como ciudadanos decidir sobre la credibilidad de periódicos y medios electrónicos, pues, cómo él mismo dice, los mexicanos somos uno de los pueblos más politizados e informados del mundo.

Ahí están las redes sociales para constatarlo.

 

Cristina Sada Salinas