Ratzinger encubridor. Una muestra más de la hipocresía vaticana

Por Cristina Sada Salinas

La historia de abusos sexuales dentro de la iglesia católica se extiende. Hoy a través del portal Religión Digital (nota) nos enteramos de que un medio alemán, Die Zeit (ver), dio a conocer la historia del sacerdote Peter H., quien en 1980 salió de la diócesis de Essen a la Arquidiócesis de Múnich, regentada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, a pesar de que ese sacerdote ya había sido señalado por abusos sexuales contra niños.

Ratzinger, futuro papa Benedicto XVI, actuó mediante una de las prácticas más comunes aplicadas por la iglesia en estos casos, la llamada “deslocalización” del sacerdote, o sea, enviarlo a otra ciudad sin importar el dolor de las víctimas y sin examinar los riesgos a los que se somete a más niños y jóvenes que interactúen con el depredador. El ahora “papa emérito” soslayó así el delito en nombre de la “Santa Madre Iglesia”, obviamente en complicidad con el entonces obispo de la jurisdicción eclesiástica de Essen.

Negar la responsabilidad de Ratzinger en este hecho sería tan ingenuo como aceptar que él admitía el ingreso de clérigos a su jurisdicción sin ningún tipo de conversación previa con los obispos que habían tenido bajo sus órdenes a esos sacerdotes. No suena realista si tomamos en consideración el cargo que ejercía el cardenal Ratzinger: recordemos que el 7 de junio de 1977 Pablo VI lo nombró cardenal del título de S. Maria Consolatrice al Tiburtino, año en que fue consagrado arzobispo de Múnich y Frisinga, cuya autoridad eclesiástica sobre este territorio ejerció hasta el 15 de febrero de 1982.

Fernando González, psicoanalista y sociólogo mexicano que investigó ampliamente el caso de Marcial Maciel, en un artículo en La Jornada, al referirse a la “cura geográfica”, señaló: “El caso Maciel es muy importante, porque abarca desde la cúpula hasta la base. Uno puede ver en él toda la red de complicidades. Es un testimonio de cómo [la Iglesia] transfigura la sexualidad, cómo busca el secreto y los mecanismos más terribles y cínicos, entre ellos deslocalizar al pederasta y diseminarlo en la siguiente parroquia sin avisar de quién se trata, con tal de proteger a la institución y al sacerdote por encima de las víctimas y los familiares” (columna).

Este es un ejemplo más de cómo ha actuado históricamente la institución eclesial y de la ceguera voluntaria con la se conducen las autoridades canónicas. La pregunta lógica en este momento sería si habrá un pronunciamiento enérgico del Papa Francisco en torno a este asunto o se cristalizará una vez más el silencio encubridor que tanto daño produce.

Todos sabemos la respuesta a esta pregunta: Francisco no se pronunciará y este acto de encubrimiento por parte de Ratzinger quedará como una evidencia más de la hipocresía de la más alta jerarquía de la iglesia católica, de lo cual no se libra el propio Francisco, ya que él subió a los altares a Juan Pablo II, el mayor protector de pederastas de la historia de la iglesia.

¡Cuánta hipocresía convertida en un show mediático sigue manifestando la iglesia católica respecto al terrible daño que la pederastia causa a niñas, niños y adolescentes!

Para muchos excatólicos, incluyéndome, este persistente encubrimiento y tanta hipocresía en los cargos jerárquicos más altos, es lo que nos ha alejado de la fe en la cual fuimos criados. La fe en sí no es lo que critico, ya que trae consuelo y esperanza para millones de seres humanos, pero esta institución religiosa con su pompa, propiedades de bienes raíces alrededor del mundo y poder económico y político, haría que Cristo tuviera que resucitar para volver a sacar el látigo con el que expulsó a los mercaderes del templo.