QUIEN SE METE A REDENTOR, MUERE CRUCIFICADO

Por: Elías López Bautista Pbro. 18 de marzo del 2018

 

(Evangelio del domingo 5º. de Cuaresma Ciclo B: Jn 12,20-33)

 

En la vida de cada día nos topamos con el sufrimiento y el dolor. A veces llega de manera inesperada (problemas de salud, crisis personales, muerte de familiares o amigos muy queridos…) Con mayor frecuencia el sufrimiento está ahí y nos toca lidiar con él por vivir en una sociedad concreta, en la que existe el desempleo, la injusticia, la corrupción, la impunidad etc. En la propia Iglesia el sufrimiento se manifiesta en escándalos que se hacen públicos, en la resistencia a los cambios o en la desilusión que provoca el mal testimonio de fieles y pastores.

El evangelio de hoy nos cuenta que unos griegos se acercaron a los discípulos con una petición: “Queremos ver a Jesús” (v.21). Jesús responde con un discurso que resume el sentido profundo de su vida y de su muerte. Y comienza con una pequeña parábola que expresa claramente su compromiso. Con su vida ocurre lo mismo que con el grano de trigo, que necesita morir para liberar toda su energía vital y producir más vida: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en tierra no muere queda solo; pero si muere da mucho fruto” (v.24). La entrega total de sí hace que la vida de una persona sea realmente fecunda. Jesús está explicando que su muerte en la cruz tiene un por qué e invita a sus seguidores a transitar por ese mismo camino.

Así explica este texto F. Ulibarri: “DIOS NO QUIERE LA MUERTE NI EL SUFRIMIENTO. Él es el Dios de la vida. Es natural que las personas nos apartemos del dolor, que lo evitemos siempre que sea posible, que luchemos por suprimirlo entre nosotros. Pero precisamente por eso, hay un sufrimiento que es necesario asumir en la vida: el sufrimiento aceptado como precio y consecuencia de nuestra lucha y esfuerzo por hacerlo desaparecer de entre las personas. El dolor sólo es bueno, si lleva adelante el proceso de su erradicación. Es claro que en la vida podríamos evitarnos muchos sufrimientos, amarguras y sinsabores. Pero cuando uno ama y vive intensamente la vida, no puede ser indiferente al dolor, grande o pequeño, de otras personas. Amar a las personas incluye sufrimiento, compasión, solidaridad en el dolor. NINGÚN SUFRIMIENTO NOS PUEDE SER AJENO, si queremos seguir a Jesús. Esta solidaridad dolorosa es la que hace surgir la salvación y la liberación para las personas; es lo que nos glorifica y plenifica; es lo que hace presente a Dios, tal cual es, en este mundo necesitado. Esto es lo que descubrimos en la vida y muerte de Jesús. El cristiano ni ama ni busca el sufrimiento por masoquismo. Acepta el dolor, y hasta la muerte, sólo como PRECIO Y CONSECUENCIA DE SU COMPROMISO CON LA VIDA.”

A continuación Jesús invita a sus discípulos a desgastar la vida por el proyecto del Reino de Dios diciendo: “Quien tiene apego a su vida, la perderá; en cambio, quien sepa desprenderse de ella, la conservará para la vida eterna. Si alguien quiere servirme, que me siga;  correrá la misma suerte que yo” (vv. 25-26).

El ser humano se caracteriza por ser capaz de amar, de salir de sí mismo y de entregar su vida por amor. Esta sería su característica esencial: descentrarse de sí mismo y centrarse solidariamente en los demás. La madurez de cada uno de nosotros debería llevarnos a ese “descentramiento” que haga fecunda nuestra vida y mejore la calidad de nuestro entorno personal y ecológico. En el fondo Jesús nos está invitando a poner en práctica su mandamiento: “Ámense los unos a los  a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,12-13). Pero vivir este descentramiento en un sistema neoliberal es sumamente complicado. Porque los medios de comunicación tratan de implantar en esta sociedad la “ley de la selva”, donde cada uno busque su propio interés y se ocupe de su bienestar particular, sin importar el bien común. Es la religión del egoísmo insolidario.                                             

Un hombre arriesgó su vida lanzándose a las aguas turbulentas de un río para salvar a un muchacho que era arrastrado por la furiosa corriente. Cuando el muchacho se recuperó de su trágica experiencia le dijo al hombre: Gracias por salvarme la vida. El hombre le miró a los ojos y le dijo: “Estás bien, muchacho, pero procura que haya ni merecido la pena salvar tu vida.”

 

Elías López Bautista Pbro. 18 de marzo del 2018