Quédate en casa

Estar en casa. Hay tantas y tantas maneras de estar en casa, y por si fuera poca la variedad de las circunstancias, lo fácil o difícil de estar en casa depende de muchos factores.

Estar en casa solos es una manera de estar con trabajo o sin trabajo en línea, implica diferentes circunstancias.

Estar en casa solos a los 30 o 50 años, es diferente a si tienes 80 o 90 años cumplidos.

Estar en casa solos, es diferente a si estás enfermo y no te puedes valer bien por ti mismo, a si eres autosuficiente y gozas de plena salud.

Estar en casa es diferente si tu casa es una mini-casita de apenas dos espacios con un gran número de sus ocupantes, a si eres un migrante hacinado en un refugio, lejos de tu país y familia, a si es una casa de 200 metros cuadrados, o una amplia mansión con aire acondicionado y gran jardín.

Estar en casa es diferente si tus ingresos vienen de ser vendedor ambulante, franelero, mesero, artesano, a si eres indígena que vende sus productos en un mercado, a si tus ingresos tienen enormes respaldos de capital acumulado en bancos.

Estar en casa es lo que nos toca, a ricos y pobres, a la clase media, a empleadores y empleados de aquellos negocios no indispensables en esta coyuntura, porque este virus es altamente contagioso.

Lo único democrático de este virus es que todos nos podemos contagiar, como se han contagiado el Primer Ministro británico, Boris Johnson, e incluso el príncipe Carlos de Inglaterra. Fuera de ello, esta pandemia que amenaza la salud de prácticamente todos los habitantes del planeta y que conlleva las contingencias necesarias para enfrentarlo con todas sus tremendas consecuencias por parar la economía, comienza ya a dejar al descubierto lo peor y mejor de nosotros mismos, ya que con menos distracciones en nuestro devenir habitual, están a prueba las relaciones más importantes que hemos establecido con nuestra familia, la relación con nosotros mismos  —ente muchas veces desconocido por ser tan próximo —, la relación con nuestras amistades, la relación de fuerzas con los renteros, la relación de fuerza de los grandes conglomerados versus la fragilidad de los pequeños y medianos negocios, la honestidad y transparencia con la que los gobiernos han actuado para intentar aplanar la curva; el ejemplo que nos han dado los gobernantes, la democratización o ausencia de la misma de las instituciones de salud, el número de camas y su equipamiento, el trato a los héroes del año 2020, quienes desde sus diferentes especialidades, sobre todo las de medicina, arriesgan sus vidas a diario, ya que tienen índices de contagio del 14 por ciento.

Creo que es momento de preguntarnos sobre los premios que como sociedad le damos a los futbolistas, a los artistas famosos, a los partidos políticos y sus integrantes, a los dueños de los casinos, que por cierto están invadiendo internet con su publicidad, aprovechándose del ocio que algunas personas convierten en tiempo muerto o de adicciones.

El coronavirus nos desnuda, y nos muestra con fotografías claras en blanco y negro cómo nos hemos organizado, en qué valores está realmente sustentada esta nación mayormente católica y cristiana, hasta qué grado se ha dañado el tejido social en estos períodos de gobiernos neoliberales, cuánta atención le hemos puesto como sociedad y como gobierno el permitir que industrias que distribuyen comida y bebida chatarra, hasta en los más remotos rincones de la república mexicana, hayan contribuido a que hoy un gran porcentaje de los mexicanos estén en riesgo de morir en esta pandemia por padecer de obesidad, diabetes e hipertensión, por ingerir sus” deliciosos” productos, mientras los dueños de las refresqueras y fábricas de los snacks chatarra se enriquecen en este país impunemente y sin límites.

Ningún gobierno se ha atrevido a desafiar a estos magnates, y en estos meses serán todos co-responsables de muchas muertes.

Estar en casa, para quienes somos privilegiados con excelentes relaciones con nuestros seres cercanos y los que tenemos la seguridad de un plato en la mesa, es un gran regalo, pero ruego por todos aquellos que no tienen nuestros privilegios.

Pido por las mujeres maltratadas, por las y los trabajadores sexuales, por los más pobres, por los enfermos, por los despedidos, por las y los niños ultrajados y violentados en sus propios hogares, por los desposeídos de techo y alimento, por los adictos en las calles, por los indígenas artesanos, por los paqueteros de la tercera edad que hoy están sin trabajo, por los asilos de ancianos y los que los cuidan, por las y los enfermeros, por los que transportan los enfermos y los cadáveres, por los médicos, por los científicos y por los gobernantes que están verdaderamente comprometidos con el bienestar de toda la ciudadanía, para que ellos atiendan y decidan aquellas medidas que más beneficien a todos sus ciudadanos. Decisiones, por cierto, extremadamente difíciles.

Esta cruel realidad nos desnuda y muestra nuestro verdadero rostro, así como desnuda al Estado mexicano y muestra quién es quién. Quién quiere la justicia y quién ve la forma de aprovecharse de la miseria ajena.

Estar en casa durante esta contingencia es la prueba más difícil que hemos pasado como sociedad desde la Revolución Mexicana.

Seamos o no católicos, cristianos, agnósticos o ateos, “estar en casa” nos desnuda. Nuestras ideologías quedan sólo sobre la mesa como plato de desperdicio si no aplicamos la más básica compasión hacia nuestros semejantes menos favorecidos.

¿Estamos listos para vernos a nosotros mismos al espejo frente a frente, ver de qué estamos hechos, así como valorar objetivamente la estructura del poder político y empresarial que hoy tenemos en este país?

¿Aprenderemos de esta pandemia y la crisis económica que ya se comienza a padecer?

Ojalá y sí.

Que la enfermedad y la muerte, así como el caos económico que llegó y se agravará para tantos de nosotros en este planeta, no sea inútil.

Qué este año 2020, a pesar del dolor y el caos, nos de conocimientos, sabiduría y herramientas para enfrentar el reinventarnos como individuos y como nación.

Mis mejores deseos.

 

Cristina Sada Salinas