LEGIONARIOS: UN NUEVO TESTIMONIO

He descubierto que la sensibilidad hacia las injusticias se despierta al tomar conciencia del dolor ajeno cuando a nosotros nos toca también ser arrollados por una desgracia.

Alonso, uno de los tres hijos de la señora Alejandra Cuevas Morán —actualmente injusta e ilegalmente encarcelada en el penal de Santa Martha Acatitla por órdenes del Fiscal General de la Nación Alejandro Gertz Manero (nota)—, tuvo a bien ver los dos capítulos del programa “Legión de abusos, testimonios de una pesadilla”, que coproduje con Canal 14 y en los que participo. Y Alonso me quiso regalar también su propio testimonio de una humillante experiencia que vivió cuando él era apenas un niño de doce años de edad que cursaba sus estudios en un colegio legionario de Irlanda.

En su escrito notaremos que casi siempre los niños y/o jóvenes se quedan callados ante incidentes que sufren a manos de adultos abusadores, lo cual viene a confirmar una vez más lo que he sostenido por mucho tiempo: que la pederastia y muchas de las manifestaciones del maltrato infantil deben de ser considerados delitos graves y no prescribir, por el enorme y continuado daño que representan en contra de seres inocentes e indefensos, que en muchas ocasiones quedan afectados de por vida.

El proceso de la señora Alejandra Cuevas continúa detenido hasta que, después de más de ocho meses de encarcelamiento, el juez del caso determine una fecha para la siguiente audiencia.

No sé ustedes qué opinen, pero para mí lo más urgente y grave en este país no es solamente el combate a la corrupción, sino también a la impunidad que está prevaleciendo en este caso particular de la familia de la señora Alejandra, quien ahora se cuentan entre las numerosas víctimas inocentes del abuso del poder.

Gracias a Alonso por su valioso testimonio. Seguiremos al pendiente del caso de su madre hasta que la veamos libre al lado de los suyos.

 

Cristina Sada Salinas

 

TESTIMONIO DE ALONSO CASTILLO CUEVAS:

«El recuerdo regresó veloz como el tiempo al terminar de ver el programa “Legión de abusos, testimonio de una pesadilla”. Estudié en el Instituto Cumbres, colegio de los Legionarios de Cristo y en sexto de primaria me fui a un internado en Dublín, Irlanda que también formaba parte del imperio fundado por Marcial Maciel.

»Tenía 12 años y un día estábamos en el comedor hablando con un amigo. Practiqué  la palabra que me había enseñado un irlandés: “Piss off”, que en español sería algo como “vete al carajo”. 

»De pronto, escuchamos el sonido que hace la cuchara cuando toca el cristal, ya teníamos los tímpanos entrenados para detectar esa señal imperceptible que representaba guardar silencio absoluto.

»—Alonso, acércate a la mesa, dijo uno de los padres.

»Me paré y caminé hacia ellos, hasta que me indicó que me detuviera en la mitad del comedor. Le susurró una instrucción al sacerdote que tenía a su lado y éste salió de inmediato; minutos después regresó con un jabón empaquetado que en la mesa abrieron como si fuese un regalo navideño. El padre tomó un cuchillo y como la ostia lo partió en dos, tomó una mitad y me dijo:

»—Cómetelo. 

»Seguí la orden cuando todo mi instinto me decía que no lo hiciera. Empecé a masticar la barra del jabón, el dolor en la boca fue inmediato, las encías ardían como lava, escuché algunas risas; resistía el agua que quería salirse de los ojos no solo por la impotencia sino por el efecto de las sustancias toxicas que navegaban por la garganta, y mientras esto sucedía doce adultos me observaban con la parsimonia de un salmo. 

»Nunca se lo conté a nadie. Ya de adulto se lo dije a mis papas y mi mamá me dijo: “¿Cómo no me dijiste?, ¿por qué te quédate callado?, ¿están locos o qué?, hubiera hablado con ellos, te hubiera sacado, ¿cómo es posible que te hicieran eso?”

»Y en mi caso fue masticar con un jabón, con un mensaje retorcido para todos los niños que estábamos en ese comedor y fuimos testigos de esta conducta inhumana y peligrosa.

»Escuchar los testimonios coherentes, valientes, auténticos, dolorosos, llenos de sabiduría, humanidad y cultura de quienes tuvieron que atravesar por un abuso de esa magnitud, debe ser un impulso para seguir concientizando la médula del encubrimiento y del cinismo en toda dirección. Hay que recuperar el norte de la brújula. ¿Cómo es posible que las autoridades eclesiásticas alrededor del mundo aun sabiendo que un sacerdote es un pedófilo en en lugar de denunciarlo, lo cambian de parroquia. ¿No les importa continuar dañando irreparablemente la vida de seres humanos por el resto de la eternidad?

 

Alonso Castillo Cuevas