La otra pandemia sin control: pederastia clerical

Mientras vemos con preocupación cómo los gobiernos del mundo —unos con más éxito que otros— usan diversos métodos para tratar de detener la propagación del coronavirus que cobra cada día más víctimas por su alto poder de contagio, me vienen a la mente las palabras que junto a miles de personas pude escuchar presencialmente en la plaza de San Pedro, de boca del Papa Francisco en febrero de 2019, cuando se refirió a la pederastia como “una plaga” (ver). El discurso del pontífice cerró un encuentro que tuvo con los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo, en el que supuestamente buscarían detener esa “plaga”, tal y como los gobiernos hoy tratan de detener la pandemia del Covid-19.

Los hechos han demostrado que, a diferencia de los esfuerzos gubernamentales de la mayoría de los países, pero sobre todo del trabajo de los valientes y heroicos médicos, enfermeras, camilleros, personal de limpieza y voluntarios del mundo, que arriesgan incluso sus vidas para enfrentar la actual pandemia, ni al Vaticano, ni a su máximo jerarca, ni a las conferencias episcopales del mundo, les ha realmente interesado detener su propia plaga (*), su peste mortífera que asesina las almas de los niños y daña para siempre sus vidas: la plaga de la pederastia perpetrada por sacerdotes y religiosos de todas las congregaciones dentro de la estructura institucional del catolicismo.

Una diferencia principal que encuentro entre estos dos fenómenos, es que mientras que las autoridades sanitarias de países ricos y pobres se esfuerzan por contabilizar día a día los casos de nuevos contagios y fallecimientos por el Covid-19, el Vaticano oculta los casos de niñas y niños que durante décadas sus ministros han atacado sexualmente, desestimando sistemáticamente las denuncias, negando su existencia y tratando de desprestigiar a las víctimas y sus familias, mientras mantiene bajo llave la infinidad de documentación que guarda en las oficinas de diócesis y obispados de todo el planeta, amén de los miles de archivos resguardados con celo en las impenetrables bóvedas del Vaticano. 

En lugar de aislar al “enfermo”, o sea al sacerdote criminal, la iglesia históricamente lo protege y le ayuda a propagar el “contagio”, al simplemente cambiarlo de parroquia —desprestigiando o intimidando a las víctimas y sus familias, o cuando mucho llegando a acuerdos económicos con ellas, sólo en algunos países, entre los que México no se encuentra—, consiguiendo así, además de “salvar el prestigio” del sacerdote acusado y la institución, permitir que el criminal pueda seguir diseminando esa “epidemia”, y asegurándole hasta hace pocos meses un silencio cómplice sobre su “pecado”, bajo el llamado “secreto pontificio”, esto es: garantía de impunidad con sello papal (reportaje).

Las terribles consecuencias de esta política de Estado que el Vaticano ha implementado durante décadas, tal vez siglos, y que sigue vigente hoy en día, no implica llenar los hospitales sin suficientes respiradores, como en el caso del coronavirus, pero sí implica que las niñas y los niños víctimas de los ministros de culto sufran de por vida daños severos a su salud mental, a tal grado que se desintegran familias, fácilmente las víctimas caen en el abuso de drogas y alcohol, teniendo que recurrir con frecuencia a reclusiones psiquiátricas, intentos de suicidios, o, en el peor de los casos, que esas mismas víctimas se vuelvan otro “foco más de infección”, al convertirse ellos mismos, ya siendo adolescentes o adultos, en victimarios de otros menores, como desgraciadamente ocurre a menudo como secuela del enorme daño psicológico que sufrieron en su infancia.

Hasta ahora no ha habido un solo caso en el mundo en el que las víctimas no hayan tenido que pasar por décadas de sufrimiento, ni se ha conocido un solo caso de un pederasta rehabilitado. En pocas palabras, las consecuencias de estos crímenes implican el equivalente a una cadena perpetua de dolor.e

Así como ahora aplaudimos al personal médico y a los gobiernos que hacen esfuerzos reales y responsables en contra de la pandemia que en estos días tiene al planeta semi paralizado, no debemos olvidar esta otra epidemia global que ahora mismo sigue destruyendo personas y familias enteras, con un incalculable daño al tejido social y moral a lo largo y ancho del mundo, por lo que debemos seguir informándonos y exigiendo justicia para esas víctimas, reparación del daño y garantías de no repetición, esa justicia y esas garantías que el Papa Francisco sigue negándoles, como quedó demostrado recientemente cuando tomó la decisión de “castigar” al sacerdote pederasta de los Legionarios de Cristo Fernando Martínez Suárez, solamente con su “salida de su estado clerical”, para que permanezca en un retiro de lujo con gastos pagados en Roma, “por el bien de la iglesia” (nota).

Con el esfuerzo de millones de médicos, enfermeras y voluntarios, pero sobre todo con la responsabilidad ciudadana de quedarnos en casa para que el Covid-19 no se propague a mayor velocidad, esta pandemia seguramente será superada. Lamentablemente esta otra pandemia, la de la pederastia clerical, seguirá por muchos años mientras las autoridades vaticanas sigan con su política de ocultamiento y protección que alienta la proliferación del “virus”.

Nosotros seguiremos, el tiempo que tengamos fuerza y salud, en esta lucha.

 

Cristina Sada Salinas

 

 

PD.- En ocasiones me he sentido halagada de que tanto el actual Nuncio vaticano, como el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, se hayan tomado la molestia de “sugerirme” a través de terceros que baje información de mi canal de YouTube. Ojalá que esta lucha tuviera incidencia en detener la propagación de la epidemia de pederastia clerical, aunque temo estar aún muy lejos de ese objetivo, pero junto a personajes como Alberto Athié, Ana Lucía Salazar, y cientos de víctimas y activistas que organizados en la organización global ECA (Ending Clerical Abuse), nos mantenemos en pie de lucha deseando que algún día lleguemos a descobijar las hipocresías encubiertas por mantos de “santidad”. No nos oponemos a la fe bajo la cual muchos fuimos educados, nos oponemos al abuso de poder contra la infancia.

 

(*) La palabra “plaga”, es en cierto sentido y según la Real Academia Española, un sinónimo de “peste” o epidemia, como fue la famosa de la peste bubónica. Ver: definición_rae