Esta noche visité a mis muertos

Por Cristina Sada Salinas

Esta noche visité a mis muertos y me pregunté por qué yo permanezco aún aquí en este bello planeta azul, pero sin ellos.

El dolor atravesó mi alma y dejó un puñal clavado en mi corazón.

Lloro por desear estar con los que se me adelantaron, y por más que tenga fe en su eterno vuelo, el dolor de su ausencia, el no poder ver sus hermosas caras, el ya nunca más sentir sus brazos, sus besos, su mirada y su cariño me llevan a preguntarme por qué ellos sí se han ido y yo aún permanezco.

En esta obra teatral, mi papel es seguir estando hoy aquí, quedarme, permanecer viendo cómo el escenario se va vaciando de mis personajes favoritos, de mis personajes amados que salen de enfoque y ya no regresan a escena, personajes que tenían fuertes y fundamentales lazos de oro y plata ligados y amarrados con mil nudos a mi corazón, pero estos fuertes lazos, o se rompieron de repente con una violencia abrumadora, o se debilitaron, se fueron derritiendo, hasta que sus cuerpos se esfumaron mientras que yo, con cada pérdida me quedé ciega y sorda, me quedé sin brazos con qué abrazarlos, me quedé muda, sin poderles decir ni una palabra, perdí las piernas que me llevaban a ellos, así como su mirada; me quedé sin su consuelo. Se me niega el derecho a olerlos, a sentir su piel áspera o suave cual terciopelo.

Confío en que hoy ellos hoy habitan otro estado de conciencia, etéreos, libres, tal vez  disfrutando de una eterna paz, de un gozo indescriptible, de una luz infinita envolvente, o tal vez continúan su evolución espiritual, incluso con tropiezos en su avance hacia la conciencia plena, como los que yo sigo dando mientras mantengo esta forma humana, tropiezos como los que también ellos y ellas tuvieron en sus propias vidas terrenas.

A mí aún no me marcan la salida, mi papel me dicta que continúe día tras día atada a esta tierra por aún tener abundante salud, incluso hasta este día “salvándome” de accidentes o enfermedades que debieron ser fatales,  habitando este cuerpo físico que respira y camina, pero envejece y ya va dando algunas muestras claras de su  deterioro, de su desgaste, de la gravedad que lo va acercando poco a poco a su sepultura.

Es cierto que aún con la ausencia de mis amadísimos muertos, sigo gozando la vida, porque la vida es bella si aprendemos a vivirla, si aplicamos las enseñanzas de los sabios, si logramos estar aquí y ahora en un instante de la eternidad; pero mis muertos me pesan, me pesan mucho esta noche, y hoy apenas puedo dormir recordándolos, llorándolos, añorándolos.

¿Será que por eso los niños sanos, amados y protegidos por sus padres son tan felices, difícilmente son serios, juegan constantemente y son alegres? ¿Será porque aún no tienen las  heridas de las ausencias tatuadas en su mente y su corazón?

Esta noche visité a mis muertos…

 

Cristina Sada Salinas