¿Deseamos la renuncia de Enrique Peña Nieto?

Por supuesto que sí, ya que su figura representa todos los males del país. Por mencionar sólo una de las peores injurias que desde su gobierno se han perpetrado contra el pueblo de México, cargamos en nuestra memoria colectiva con la muerte de 6 personas y la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa a manos de elementos policíacos municipales y federales, con el beneplácito e incluso la participación del ejército, según múltiples trabajos periodísticos entre los que destaca el de Anabel Hernández y Steve Fisher en Proceso (ver).

Sí. Los mexicanos estamos despertando, y como quedó claro durante el grito de la noche del 15 de septiembre, el gobierno se vio obligado a acarrear al Zócalo de la Ciudad de México a miles de ciudadanos de bajos recursos desde los estados de Hidalgo y México, para “blindar” al presidente en su teatral salida al balcón para dar el grito de Dolores y ondear la bandera mexicana, mientras que el contingente de miles de ciudadanos que marcharon en forma pacífica para pedir su destitución, quedó impedido de siquiera acercarse al Zócalo, por decenas de filas de policías antimotines, quienes los detuvieron a la altura del Palacio de Bellas Artes.

Para tratar de comprender, debemos analizar qué factores políticos se están moviendo en estos momentos.

¿Qué significaría que Peña Nieto renunciara ahora, más allá de que como ciudadanos nos sintamos satisfechos de por fin lograr derrumbar a un presidente impuesto por Televisa y otros poderes fácticos? ¿Qué conseguiríamos con derrocar a este personaje hoy repudiado por el 80 por ciento de la población, después de tantos sexenios de imposición y decepción por la transición a manos de Vicente Fox en el año 2000 y este fatal regreso del “nuevo” PRI?

Considero que lo primero que nos debemos preguntar es: ¿Quién, además de los ciudadanos de a pie auténticamente indignados, quieren la renuncia de Peña Nieto?

Analicemos lo sucedido en las últimas semanas:

Justo cuando Peña Nieto está en el más bajo nivel de popularidad, y cargando con las consecuencias de su terrible pifia de invitar a Donald Trump, con lo que fortaleció la candidatura a la presidencia de Estados Unidos de semejante personaje, ahora resulta que por primera vez en la historia se unen a nuestro coro de indignación ciudadana las voces “disonantes” de los periodistas e intelectuales que siempre han sido defensores del régimen como Carlos Marín, Enrique Krauze, Fernanda Familiar, Héctor Aguilar Camín y hasta Adela Micha; y por si esto no fuera suficiente, el Yunque, ala de extrema derecha del PAN, diseña una hábil estrategia: A través de su aliado, el arzobispo Norberto Rivera, los conservadores billonarios —aquellos que han logrado todos los beneficios de los regímenes del PRI y el PAN bajo inconfesables alianzas— dan un giro hacia un abierto rechazo a Peña y hacen suyo el calificativo de “traidor” que el cardenal impuso al presidente; y ¡oh sorpresa!, salen a marchar a las calles ciudadanos que jamás han protestado en contra de ningún gobierno, organizados a través del llamado Frente Nacional por la Familia. Miles de ciudadanos católicos y evangélicos fueron azuzados mediante la desinformación para minar el Estado laico e imponer sus creencias religiosas sobre los derechos civiles de las personas de la diversidad sexual, derechos que por cierto, han sido ratificados hace tiempo por la Suprema Corte de Justicia y por muchos tratados internacionales firmados por México.

A mí me queda claro.

El ala elitista más encumbrada y conservadora de la iglesia católica, tanto eclesiástica como laica, quiere concentrar todo el poder social y económico al apoderarse, a través de interpósitas personas como Margarita Zavala o Rafael Moreno Valle, de la silla presidencial y su presupuesto federal, aprovechándose de la real debilidad del actual presidente de la república.

Tanto el “Pacto por México”, como el video de Xochitl Galvez que exhibió a los Salinas de Gortari, Fernández de Ceballos, Calderón y demás miembros de la élite mafiosa de México unidos en festiva convivencia (video); así como el brillante libro del periodista Arturo Rodríguez, “El regreso autoritario del PRI” (entrevista), evidenciaron a la mafia del poder y la complicidad de los políticos encumbrados de todos los partidos, quienes tienen mucho más en común entre ellos de lo que tenemos en común los mexicanos de a pie. Ellos tienen acceso al erario, a los recursos que generamos los mexicanos trabajadores, y mantienen un fuerte pacto de sangre: Nadie ocupará la silla presidencial que no proteja y abone a sus intereses económicos. Al fin y al cabo todos ellos son expertos en la manipulación de las masas más empobrecidas del país, que por cierto se han incrementado en los últimos treinta años, tanto para llenar zócalos como para llenar las urnas con votos.

¿Queremos que caiga Enrique Peña Nieto? Sí. Nuestra indignación porque el PRI haya impuesto a tan inepto y corrupto presidente nos lo dicta. Sin embargo, ¿qué consecuencias habría para el país?, ¿quién lo sustituiría en el poder?

Temo seriamente que con o sin la caída en Peña vamos acercándonos cada día más hacia un Estado fascista.

La ultraderecha desea más prerrogativas de las muchas que ya tiene. Desea imponer sus criterios religiosos sobre los derechos civiles de la población y anular todos los triunfos de la Reforma, concretamente la separación de los poderes Estado-iglesia. Desea seguir manipulando a la población, mantener e incrementar sus nexos y alianzas con los jueces, negando la justicia que se debiera impartir ante los horrendos crímenes que comete cuando encubre y sólo cambia de parroquia a sus sacerdotes pederastas. Desea imponer sus creencias, no sólo en colegios privados, sino en la educación pública.

A los mexicanos que deseamos no ser una república fascista como la de Franco, ni un Estado sin diferenciación entre Estado y religión similar a los de los Ayatolas, no nos queda más que seguir educándonos.

Cambiemos al régimen y todas sus injustas estructuras, no sólo a los personajes.

Los nuevoleoneses ya pagamos el precio de sacar incluso al PRI y al PAN de la silla ejecutiva, para terminar con un gobierno sin transparencia, corrupto y casi esquizofrénico, pues nuestro gobernador, quien se dice “independiente”, hoy dice una cosa y mañana se contradice.

Quitemos a Enrique Peña Nieto, pero igual quitemos a todos los personajes que no nos representan y que sólo buscan su propio beneficio.

Cambiemos de régimen pues, cambiando nosotros primero.

Podemos atrevernos a soñar con otro México, uno donde la justicia y la transparencia reinen.

No lo veré yo, pero las transformaciones sociales tardan décadas en consolidarse. Iniciemos que ya es tarde.

 

Cristina Sada Salinas

 

Foto tomada de Animal político (liga)