DEL DICHO AL HECHO HAY MUCHO TRECHO

(Evangelio del domingo 26 del tiempo ordinario Ciclo A: Mt 21,28-32)

 

La parábola de los dos hijos tiene como destinatarios a “los sumos sacerdotes y senadores del pueblo.”

Según lo que nos cuenta el evangelista un padre pide a dos de sus hijos que vayan a trabajar en su viña. El primero le responde con brusquedad: “¡No quiero ir!”, pero tiene en cuenta la petición de su padre y decide obedecer. El segundo expresa con sus palabras una disposición admirable: “Por supuesto que voy, señor.” Pero su obediencia se queda sólo en palabras. No trabaja en la viña de su padre (vv.28-30). Y pregunta Jesús: “¿Cuál de los dos hizo lo que su padre quería?” Ellos contestaron que el primero. Jesús les dijo: “Les aseguro que los que cobran impuestos para Roma, y las prostitutas, entrarán antes que ustedes en el reino de Dios” (v.31).

Un hijo representa al pueblo de Israel que dijo “sí” al aceptar la Ley, pero no hizo la voluntad de Dios. El otro hijo representa a los pecadores que dicen “no” al plan de Dios, pero se arrepienten, siguen el camino trazado por Juan el Bautista y aceptan al Mesías. Para Dios lo que importa no son las apariencias externas y las palabras bonitas, sino el interior de cada persona. El que honra a Dios no es el que observa las prácticas externas, sino el que hace su voluntad.

Uno a veces se pregunta: ¿Estaré cerca o lejos de Dios? El evangelio de hoy nos da la respuesta. Tu cercanía o lejanía de Dios depende del esfuerzo que hagas cada día por hacer lo que a Dios le gusta, lo que le agrada, su voluntad. Si no haces la voluntad de Dios, podrás rezar muchos rosarios, asistir a la misa dominical, confesarte y comulgar… pero tu corazón estará alejado de Dios. Hoy los que entrarán primero que nosotros en el reino de Dios serán las prostitutas, los gays y las lesbianas. A pesar de que Jesús nos presenta un Dios comprensivo y misericordioso y Él mismo mostró su cercanía y amistad con los pecadores, nosotros seguimos juzgándolos y discriminándolos.

En la década de los años sesenta el Concilio Vaticano II constataba que “el divorcio entre la fe y la vida diaria debe ser considerado como uno de los más grandes errores de nuestra época” (Gozo y esperanza n.43). Y en su sencillez esta parábola que nos cuenta Jesús descubre el talón de Aquiles de casi todas las instituciones. Nuestro país, por ejemplo, tiene fama de que su legislación es de las más avanzadas del mundo. Pero, ¿qué pasa? Que nuestros gobernantes son los primeros que le quitan y añaden leyes a nuestra Constitución para seguir desangrando esta gran nación, que es México. Nosotros también ponemos nuestro granito de arena, al aprovechar cualquier oportunidad para zafarnos o quebrantar las leyes que nos rigen. Y en la religión no nos quedamos atrás. Nuestros pastores hacen documentos maravillosos, llenos de sabiduría pero, con frecuencia, ni ellos ni nosotros los llevamos a la práctica. Todos somos expertos en hablar, exponemos lindas teorías, asistimos a muchos cursos de evangelización, de teología y de biblia. Pero a la hora de aterrizar en la realidad… nos quedamos cortos y las palabras no se convierten en acciones. Por eso decía un predicador, hablando de la falta de constancia en el obrar, que los propósitos duran poco tiempo. El primer día realizamos nuestros buenos propósitos: Gloria al Padre. Igual el segundo día: Gloria al Hijo. Lo mismo el tercer día: Gloria al Espíritu Santo. Y el cuarto día: Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Cuenta una leyenda japonesa que un hombre murió y fue al cielo. Un guía le mostró el paraíso y, maravillado, exclamó. “Esto es mucho más hermoso que nuestro universo.” En el recorrido que hizo, acompañado de un ángel, vio una gran sala llena de estantes. Y en ellos estaban colocadas miles de orejas humanas. Entonces preguntó: “¿Qué hacen aquí tantas orejas humanas?” El guía contestó: “Estas orejas pertenecen a todos los católicos que durante su vida han escuchado la Palabra de Dios en miles de sermones, pero nunca la han puesto en práctica. Así que sólo sus orejas han subido al cielo.”

 

Elías López Bautista Pbro. 1 de octubre del 2017