Caso Ayotzinapa: Un balance necesario ante la identificación de Jhosivani

Por Cristina Sada Salinas

Las autoridades anunciaron ayer que fueron identificados los restos del joven Jhosivani Guerrero, el tercero en ser identificado de entre los 43 normalistas desaparecidos en la terrible noche de Iguala del 26 de septiembre de 2014. Una triste pero buena noticia, porque mientras se da certeza a su familia del destino de su hijo, y con ello se cierra el duro pero necesario duelo, se avanza en la solución de uno de los casos más relevantes de violaciones a los derechos humanos que nuestro país ha conocido.

El periódico español El País, inicia así su noticia del día de ayer: “Estancada durante años, la investigación del caso Ayotzinapa avanza de la mano de la actual Fiscalía, que en apenas dos años ha encontrado restos de dos de los 43 normalistas desaparecidos y se ha ganado el respeto de sus familias, muy críticas con la Administración anterior. Este martes, los investigadores han anunciado el hallazgo de restos óseos de Jhosivani Guerrero. El laboratorio de genética de la Universidad de Innsbruck, en Austria, ha confirmado su identidad. Los nuevos fragmentos de hueso aparecieron en el mismo paraje donde la Fiscalía encontró restos de Christian Rodríguez el año pasado, la barranca de La Carnicería. Desde 2014, las autoridades han identificado restos de tres estudiantes” (nota).

La localización de los restos de Jhosivani debería ser nota de ocho columnas en todos los medios nacionales e internacionales, porque significa un paso indispensable hacia la justicia, pero también porque es un hecho que pone en la balanza el trato que los gobiernos de Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador han dado a este caso emblemático para la historia reciente de nuestro país.

A qué me refiero:

El 24 de septiembre de aquel 2014 la fundación judía estadounidense “Appeal of Conscience” otorgó a Peña Nieto el “Premio Estadista Mundial 2014″, por “su liderazgo y por tomar decisiones que han dado un decidido impulso hacia adelante a su país y a su pueblo” (leer), Estaba en la cúspide de su prestigio internacional y aún estaba fresca en la memoria la famosa portada de la revista Time, de febrero de ese mismo año, que presentaba al entonces presidente como el “salvador” de México (ver). Los medios internacionales no ahorraban elogios para el joven mandatario y su linda esposa.

Desde la oposición partidista y ciudadana sabíamos bien que esta “buena fama” internacional no era sino una gran simulación, pues veíamos cómo el país seguía en una profunda crisis de gobernabilidad y derechos humanos, y, dos días después del nombramiento de Peña como “Estadista Mundial”, ocurrió la espantosa tragedia de la “noche de Iguala” que todas y todos recordamos con tristeza y horror.

Ahí empezó la debacle peñanietista.

El país entero se movilizó lleno de indignación al grito de “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Los 43 de Ayotzinapa se convirtieron en hijos de todas y todos los mexicanos conscientes, y han sido desde entonces el símbolo de la gran tragedia de las decenas de miles de desapariciones forzadas ocurridas en México en los últimos diez años.

Ciudades social y políticamente tan conservadoras como Monterrey, en donde vivo, vieron con sorpresa marchas de más de 30 mil personas conmovidas y furiosas que exigían la aparición con vida de los normalistas de Guerrero.

Tan pronto como en noviembre de ese mismo 2014 se sumó a la caída de legitimidad presidencial la bomba informativa del caso de “La Casa Blanca de Peña Nieto”, revelado tras una exhaustiva investigación del equipo periodístico de Carmen Aristegui (nota).

El desprestigio y la impopularidad de Peña y su gobierno iban en caída libre y en una acción de desesperado cinismo, el entonces titular de la Procuraduría General de la República, Jesús Murillo Karam, presentó en enero de 2015 un informe con el que se quiso dar “carpetazo” al caso, llamando a esos resultados “la verdad histórica” (leer), según la cual los 43 muchachos desaparecidos habrían sido asesinados e incinerados en un basurero en las cercanías de Cocula. En noviembre de 2014, ante las insistentes preguntas de la prensa, Murillo Karam había ya dicho su famosa frase, “ya me cansé”, de hablar de este crimen de lesa humanidad (nota).

Los medios internacionales que habían aplaudido al “gran estadista” y “salvador de México”, Enrique Peña Nieto, se aprestaron a dar por buena la supuesta “verdad histórica” de Murillo, seguidos por la mayoría de los medios de comunicación nacionales, que se esmeraron en tratar de dar credibilidad a la versión oficial, pero más grave aún, a intentar desprestigiar, con acusaciones falsas y viles insultos, a los familiares de los 43 muchachos, así como a los especialistas que con bases científicas descartaban la teoría “del basurero de Cocula” (leer). Incluso, uno de los investigadores de la UNAM que comprobó la imposibilidad científica de la “verdad histórica”, Jorge Montemayor Aldrete (a quien pude entrevistar en mayo de 2015), recibió amenazas de muerte (video).

Nadie en México debería olvidar todas estas afrentas a la verdad y la justicia.

Pasaron los años y terminó el infausto sexenio peñanietista sin que se cambiara una coma de esa “verdad histórica”, hasta ahora, en que gracias a un gran esfuerzo de coordinación de varias instancias dentro del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, se empieza a caminar hacia la verdad, y, esperamos, hacia la justicia, con la demostración cada vez más clara de que la realidad fue muy distinta de aquella versión con la cual el gobierno de Peña y los medios de comunicación que le eran afines quisieron convencer a México y al mundo.

Hemos criticado aquí el poco interés que AMLO ha mostrado por el tema de las desapariciones forzadas en México, pero debemos reconocer ahora que la respuesta del gobierno de la 4T al caso Ayotzinapa contrasta a todas luces con la del sexenio anterior, pues aunque la identificación de Jhosivani Guerrero no es más que un paso que no resuelve el caso en su totalidad, sí es un avance significativo que, como informa el diario El País, da confianza a los familiares de los normalistas.

Y sucede una cosa muy curiosa: ahora que hay avances reales y palpables para resolver de una vez por todas este doloroso caso, los medios internacionales que en su momento aplaudieron hasta el cansancio a Peña Nieto y avalaron su “mentira histórica”, hoy no destacan esos logros de la 4T sino todo lo contrario, se empeñan en seguir calificándolo de “populista”, “antidemocrático”, y hasta “dictador” y “comunista” a AMLO, siendo que el país funciona medianamente bien a pesar de la pandemia, la economía está en buen estado, no han sucedido las tremendas devaluaciones que predijo la propaganda de la derecha, y en general no ha ocurrido ninguno de los calamitosos cataclismos que los opositores nos habían anunciado como inevitables si llegaba a la silla presidencial López Obrador, “el peligro para México”.

Analicemos, tengamos memoria, y saquemos nuestros propios balances y conclusiones.

Seamos empáticos y pongámonos en el lugar de las familias de los 43 muchachos que apenas iniciaban su vida con la esperanza de convertirse en maestros, y valoremos, contrastemos los hechos de éste y aquél gobierno ante el dolor de esas familias.

Va desde aquí mi solidaridad a todos esos padres, madres, hermanos, hermanas y todas las personas cercanas a estos jovencitos que hoy deberían estar al frente de un aula enseñando a leer y escribir a niñas y niños que, como ellos mismos, tienen en la educación su única oportunidad de superar la marginación.