2020: Incertidumbres y esperanza

Por Cristina Sada Salinas

Estamos viviendo situaciones inéditas para la humanidad, bajo las cuales todas nuestras certezas y presuposiciones se derriten como la cera al contacto con una llama.

El cuerpo de certidumbres que nos sostenían como sociedades organizadas mediante sistemas supuestamente democráticos se desvanece, quedando esta estructura civilizatoria cada día más débil e incierta.

En Estados Unidos se levantan protestas contra el racismo que han llegado con intenciones incendiarias a las puertas mismas de la Casa Blanca. Este estallido fue detonado por el penoso incidente del asesinato de George Floyd, perpetrado por un policía uniformado y tres de sus colegas cómplices que mantuvieron una malla protectora visual, intentando ocular el crimen a plena luz del día y ante los ojos atónitos de los transeúntes indignados, algunos de los cuales grabaron la terrorífica ejecución extrajudicial.

Es sumamente penoso el reflexionar sobre los enormes esfuerzos de los líderes afroamericanos de los movimientos de protesta de los años 60, en donde dos de los más destacados, Martin Luther King y Malcom X, terminaron también asesinados, dejando su heroico trabajo inconcluso, un trabajo que se centraba en la demanda mínima de erradicar el racismo dentro de los Estados Unidos para que la población afroamericana tuviera las mismas oportunidades que los anglosajones han gozado desde la fundación de esta nación, fundación que por cierto estuvo teñida del despojo y la sangre de los habitantes originarios de este continente.

Aplaudo las manifestaciones masivas de repudio total a este asesinato, mientras que mi corazón se oprime ante la desesperanza de que esta indignación de la ciudadanía termine en el olvido, o peor aún, reforzando la opresión del sistema del fuerte sobre el débil, así como perpetuando las injusticias de la policía y el ejército contra la ciudadanía que paga los impuestos y sostiene todo este terrible complejo militar, industrial y policíaco.

En México no estamos exentos de racismo y de injusticias diarias. Tenemos como doloroso caso emblemático a los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos —tan sólo uno de múltiples horrendos crímenes de Estado cometidos bajo los regímenes de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto— que sigue sin resolverse oficialmente, por más pruebas que han aportado a riesgo de sus vidas diversos investigadores del periodismo nacional, como mi amigo José Reveles, o Anabel Hernández, entre otros.

El tronco de certezas que nos sostenía incluía un futuro más o menos predecible para nuestros hijos y nietos en cuanto a una educación universitaria digna y garantizada, y en consecuencia, el acceso a un trabajo seguro y bien remunerado. Ante la actual crisis económica en México y en el mundo, la recesión económica amenaza con desvanecer esta perspectiva y esperanza. 

A esto se suma el temor con respecto al posible contacto de Covid-19, que nos pudiera convertir en un número aritmético más entre las 9 mil 930 víctimas mortales contabilizadas al día de hoy en México por este fenómeno tan extraño de la pandemia mundial de incierto origen —¿virus producido ex profeso en un laboratorio chino o estadounidense, y/o virus originado por la depredación ecológica? 

Las vidas de todos nosotros tienen caducidad y bien podemos morir por una variedad de razones, como son los accidentes automovilísticos, un paro cardiaco o el cáncer. Sin embargo, el real fantasma del coronavirus, en caso de debilitar a nuestro organismo hasta ponernos en crisis mortal, nos condenaría a una triste muerte, aislados de nuestros seres amados y rodeados de aparatos y héroes cuyas caras no podríamos ni reconocer por estar enmascarados y vestidos todos de blanco, atendiéndonos escaso tiempo en el día, mientras nos sofocamos y sufrimos intensos dolores en todo el cuerpo.

Nuestras certezas y costumbres se esfuman y derriten cual vela chorreando su cera. Desaparece el placer de abrazar a algunos de nuestros seres queridos que no conviven bajo nuestro techo; desaparece la certidumbre de sostenimiento financiero para nosotros y nuestros hijos y nietos; sigue ausente la justicia racial y la igualdad de oportunidades para todos los seres humanos; se dibujan en el horizonte la teoría de posibles tiranos y poderosos empresarios que supuestamente desean exterminar a un alto porcentaje de la población mundial por considerarlo inútil e inservible (Bill Gates, Rockefeller, Soros, etc.)

Las aparentes democracias de Occidente han quedado desnudas gracias a la también heroica labor de personajes como Julian Assange y Edward Snowden, quienes han mostrado con sobrada claridad la farsa de estas supuestas democracias, en realidad vestidos harapientos de un gobierno mundial que solo vela por sus intereses financieros y que tiene por instrumentos al Banco Mundial, el FMI, la OEA y tal vez incluso a la OMS; así como a los presidentes de los países más poderosos del mundo, que serían simples títeres al servicio de este poder mundial no reconocido formalmente.

Esta agonía civilizatoria, acompañada del no menos catastrófico cambio climático, nos debe de provocar no una depresión, sino un despertar de conciencia, en la que asumamos, todos los mayores de edad, que somos corresponsables de las injusticias que se perpetúan en nuestro país y el mundo hacia nuestros hermanos y la naturaleza.

En el caso de México, si bien es muy fácil señalar a los anteriores gobiernos y/o a los empresarios corruptos como generadores de la crisis que vivimos (como hacen las personas pro-AMLO), o por el contrario, culpar al actual gobierno federal por esta crisis de recursos y de salud (como señalan las personas anti-AMLO), finalmente cada uno de nosotros tenemos un inmenso poder social y espiritual para, dentro de esta crisis civilizatoria, tomar plena conciencia y responsabilidad para hacer nuestra parte, cambiar nuestro estilo de vida y adaptarnos a los nuevos tiempos que exigen diferentes comportamientos, así como poner a diario en práctica el sentimiento más elevado de nuestro espíritu, que es el amor y la solidaridad con el prójimo.

Nos es urgente tener compasión de nosotros mismos, porque al observar lo que hoy nos toca vivir, debemos de asumir que es nuestra responsabilidad la infinidad de omisiones y/o acciones imprudentes y dañinas que hemos cometido hacia nuestros semejantes y la naturaleza.

Hoy se reanudan poco a poco las actividades productivas en México. 

¿Habremos aprendido algo de este voluntario encierro? ¿Regresaremos al consumismo rampante a base de créditos? ¿Habremos mejor valorado nuestra relaciones con la familia y con las amistades? ¿Seremos más respetuosos de la naturaleza? ¿Usaremos menos el automóvil? ¿Exigiremos más de nuestras autoridades para que a su vez exijan a la industria contaminante —incluyendo las refinerías— que instalen cuanto antes sistemas de reducción de emisiones dañinas? (Está demostrado que en Monterrey, ciudad vecina de la refinería de Cadereyta, y que cuenta con la peor calidad del aire del continente americano según la ONU, no han bajado las emisiones contaminantes a pesar del paro y la consiguiente drástica disminución en la circulación de vehículos) 

¿Nos hemos analizado profundamente para reconocer, y en su caso desterrar, cualquier indicio de racismo o clasismo? ¿Habrán los hombres aprendido a respetar a la mujer?, porque como es tristemente conocido, las emociones perturbadas de algunos han incrementado los crímenes de abuso sexual y violación contra ellas y las y los niños. En este tema, Nuevo León tristemente obtiene el primer lugar por aumento durante esta pandemia de violaciones y abusos sexuales contra la mujer.

¿La fuertísima imagen del papa Francisco en la Plaza de San Pedro vacía en medio de un día helado arrodillándose ante la inmensa cruz será símbolo del arrepentimiento de la misma iglesia católica por los crímenes de abuso sexual contra los niños, abusos que fueron encubiertos e inclusive premiados con retiros de lujo, como el que se le otorgó al cardenal de Boston Bernard Law?

Nuestras instituciones han dejado un fuerte mal sabor a la gran mayoría de los ciudadanos, y opino que la salida no consistirá en seguir buscando a un “héroe salvador”, ya sea en México o en el mundo. 

Si bien los ciudadanos somos tan débiles como lo fue George Floyd, a pesar de su altura y fuerte musculatura, cuando uno de nosotros es oprimido por la fuerza bruta, juntos y coordinados somos muy poderosos y podemos reconstruir de las cenizas esta civilización. La cara de la desigualdad ha sido cruelmente mostrada durante esta pandemia, donde ciudadanos generosos han recorrido diversas zonas de extrema pobreza de la ciudad de Monterrey y otras capitales,, repartiendo despensas y tomando videos donde las condiciones de marginación son más que evidentes.

Ante la desesperanza, el optimismo.

Ante la incertidumbre, la fe.

Ante las necesidades ajenas, la respuesta solidaria.

No será fácil, no será hoy, pero juntos podemos construir otros mundos.

Cristina Sada Salinas